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Noticias de Interés
Publicado el: 06/01/2012
Las claves de la industria del vino en Argentina. foto_noticia

Trabajo de la Universidad de Cuyo: Trabajo humano, agua e inversión son las claves de la industria del vino. Un estudio comienza a dar cuenta de su importancia.
La industria vitivinícola argentina no es sólo la actividad agrícola que más mano de obra ocupa en términos relativos, sino que, además, es la que genera el mayor valor agregado por hectárea. Se trata de una industria que aporta casi $14.000 millones (unos US$3.500 millones al momento de realizar el estudio) al valor bruto de la producción argentina y que pagó impuestos por unos $4.000 millones (poco menos de US$1.000 millones). Estos son algunos de los datos incorporados en un reciente trabajo de investigación, fruto de un convenio firmado por el Fondo Vitivinícola Mendoza y la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Cuyo (UNC), al que accedió iEco .
Claro que pensar en vitivinicultura es imaginar vino. Pero, aunque la elaboración de la bebida se lleva la mayor parte de la producción del sector, la industria incluye también uva para consumo, pasa y el jugo concentrado, el mosto, del cual la Argentina es el mayor exportador mundial. Y no sólo están los bienes: año tras año crece de manera sostenida el turismo enológico que no se acaba en Mendoza, sino que también incluye Salta, San Juan, Córdoba, Neuquén, Río Negro y, recientemente, Tucumán.
Algunos de los datos del trabajo de la UNC son: El Valor Bruto de la Producción (VBP, suma del valor de todos los bienes y servicios obtenidos por el sector) de la industria es de $13.930 (2010). El 65,5% del VBP corresponde al mercado interno, el sector externo representa el 27,4% y el 7,1% es valoración de stock, que incluye la estiba y crianza.
De ese total, el llamado “sector agrícola” (uva destinada a la elaboración de vino y mosto) aportó $3.282 millones. Esto equivale a unos $17.000 por hectárea, mucho más que los $2.100 de VBP que genera una hectárea de oleaginosas..
El Valor Agregado por litro de vino fue de $3,90; monto superior a otros sectores agroindustriales como la industria láctea ($0,80 por litro), las bebidas sin alcohol ($1) y la cerveza ($1,10 por litro).
Le da trabajo en forma directa a unas 113.000 personas. Y se calcula que el empleo indirecto es de 4 a 6 personas por cada puesto directo.
En 2001, los establecimiento elaboradores (básicamente bodegas) eran 796; en 2010, el número creció un 23,5%, hasta los 983.
Las hectáreas cultivadas pasaron de 204.133 en 2001 a las 228.575 en 2009, lo que implica un crecimiento del 12%. Con la implantación de variedades de alta calidad enológica, especialmente Malbec.
La producción de vino, por su parte, pasó de 15,83 millones de hectolitros a 16,25 millones en ese mismo período.
El crecimiento anual promedio de las exportaciones fue del 17% en la década; se pasó de los US$242,2 millones en 2001 a US$974,8 en 2010 y se calcula que en 2011 ya superaron los US$1.000 millones. Por esto, la participación del sector en las exportaciones MOA pasó del 3,2% al 4,3%, lo que es significativo teniendo en cuenta el importante crecimiento de las ventas al exterior del sector agrícola en el período 2001-2010.
Lo curioso, por decirlo de alguna manera, es que se trata del primer trabajo de extensión de una industria que cumplió 458 años, ya que nació en 1553 en Santiago del Estero, con vides y estacas que llegaron desde el actual Chile.
La producción no fue importante (sobre todo por la resistencia de los españoles) pero ya en la segunda mitad del siglo XIX los inmigrantes, en su mayoría españoles e italianos, y en menor medida franceses, aportaron mejoras en la producción, así como nuevas cepas y mejores técnicas productivas.
Con altibajos, el sector fue creciendo hasta que en la segunda mitad del siglo XX se llegó al récord de consumo de vino, con 88 litros por persona. En la década de los 80, la industria padeció una de sus peores crisis. En los 90, la competencia “desleal” de los importados gracias a la convertibilidad, se vio compensado por el intenso proceso de inversión, y reconversión del sector, un proceso que se intensificó en los últimos años.
¿Cuáles serían las conclusiones más importantes del trabajo? le preguntó iEco a Carlos Abihaggle, coordinador de la investigación de la UNC.
“Son muchas y es muy interesante, quizás, comparar con otras producciones. Por ejemplo, exportamos el equivalente a US$4.300 por hectárea, mientras que en el caso de la soja son US$1.000. Otro punto significativo es que se trata de una actividad intensiva en mano de obra que, por ser de raíz agrícola, tiene una distribución del ingreso muy interesante y que compite muy bien con otras producciones más concentradas y capital-intensivas. Por ejemplo, el 35% del valor agregado en la tarea agrícola de la vitivinicultura es para el factor trabajo. Se puede calcular sin problemas: de los $2.120 millones que pagó el sector en salarios en 2010, un 82% es recibido por quienes trabajan en tareas agrícolas y dentro de ese porcentaje, los que trabajan en parrales se llevan el 48%”, respondió.
Los romanos consideraban que las vides, y el vino, eran sinónimo de civilización. Por eso las llevaban y plantaban en las naciones que conquistaban. Aquí, encontraron su mejor hábitat sobre todo en zonas áridas o semiáridas. El trabajo y el agua conquistaron el desierto andino, y luego otras regiones del país, y lo convirtieron en uno de los mejores terroirs del mundo.

Fuente: | IEco | Oscar Martínez | Clarin.

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